Capítulo 4
A la mañana siguiente a ambos, a Robert y a Ángela les costó mucho levantarse de la cama para enfrentar el día. En medio de su cerebro adormecido por la vibrante sesión de sexo, estaba encendida la urgencia de la reunión con el Doctor Meadows y la plana mayor de la empresa. Debía actuar rápidamente para despabilarse, maquillarse, vestirse, desayunar e irse.
Robert ya estaba en la cocina preparando el café cuando ella terminó de ponerse ropa un poco más cómoda que la que había llevado el primer día: un pantalón crema sexy pero amplio, una blusa a tono a la que le podía desprender más botones si así la situación lo requería y unos zapatos con casi nada de taco porque aún le dolían las pantorrillas del esfuerzo de usar el elegante pero incómodo calzado que había usado el día anterior. Por supuesto que no olvidó su perfume favorito ni lencería sexy; una mujer debe estar siempre preparada.
—¿Estás bien, amor? —preguntó Robert con una sonrisa cómplice.
—Bajando del cielo —respondió ella con una sonrisa.
—¿Te espera otro día como el de ayer?
—Sí, hoy debo terminar de desenredar esta extraña madeja, estoy segura de que hay cosas que no me han dicho. Sin desearlo estoy en asuntos muy complejos —dijo ella tomando el café y mirándolo a él por sobre la taza.
Robert sonrió. Ángela hubiera dado cualquier cosa por saber qué pensaba en ese momento. Él se quedó cavilando de que las virtudes como investigadora de su mujer no eran tan buenas, después de todo no se había dado cuenta de la tórrida aventura en la que estaba embarcado.
—Me voy querido —dijo por fin ella.
Él la acompañó hasta la puerta y le dio un breve beso a modo de despedida, para no correr su impecable maquillaje.
Esperó en la puerta con las manos en los bolsillos hasta que la vio irse, luego tomó su celular y discó impaciente.
—¿Qué pasó ayer? ¿Nos desencontramos? —dijo apenas una voz femenina lo atendió del otro lado.
Ángela entró al edificio pisando fuerte, haciendo sonar sus pasos.
—Buenos días, Ángela —saludó Alice con su mejor sonrisa
—Buenos días —respondió ella a su vez y sin poder evitar recordar a Alice cabalgando sobre G, lo que hizo que bajara un poco la mirada, como avergonzada por haberla espiado. Aún así la saludó con la mano y se fue a esperar al ascensor.
Ya en el piso caminó a su oficina saludando a quienes veía yendo y viniendo por los pasillos. Con minuciosidad repasó el informe que tenía preparado, volvió a controlar la documentación y suspiró hondo, más relajada.
El Doctor Richard Meadows la llamo unos minutos después. Antes de salir anotó mentalmente lo que iba decir, recordó sus viejas lecciones de oratoria y comunicación efectiva, revisó su aspecto un par de veces y rogó que no se notara el sonido de su corazón queriendo salírsele del pecho.
Entró a la oficina de Meadows con paso firme y se sentó al lado del presidente de la empresa sin dudarlo. Rechazó con voz enérgica el café de rigor y esperó la oportunidad perfecta para empezar a hablar y no cuando le cedieran la palabra.
—Esta reunión —comenzó a decir Meadows sentado cómodamente con las piernas cruzadas, distendido—, es para reorganizar de la mano de la aquí presente Ángela Meiers nuestra área administrativa.
Los integrantes de la plana mayor de la corporación la observaron un momento mientras él hacía una pausa.
—Seguramente ya saben el pequeño caos que trajo a nuestra empresa los eventos por todos conocidos, quiero que sepan que le di a ella —dijo señalando a Ángela con un dedo—, carta blanca para que llegue al final sin medir consecuencias, tenemos que reestructurando desde adentro para seguir creciendo como hasta ahora, sobre bases firmes.
Richard Meadows hizo un silencio lo suficientemente largo para que Ángela se levantara apoyando ambas manos sobre la mesa, captando la atención al momento.
—La investigación que estamos llevando adelante —dijo Ángela con énfasis— , demuestra que mi antecesor, Carl Fleming, derivaba fondos de manera bastante astuta y simple. Hay empresas de servicios como las de publicidad y las de comunicaciones que hacen descuentos por pagos en término. El señor Fleming simplemente “demoraba” el pago haciendo que nuestra compañía pagara a destiempo según los registros contables, sustrayendo así la diferencia. Por otro lado gozaba de un monto de dinero que iba renovando mes a mes con esa simple maniobra. Lo mismo sucedía con los pagos. Cuando se cobraban nuestros servicios con los recargos correspondientes por mora, hacía como si estos pagos fueran a término, de manera de sustraer la diferencia a través de algunas maniobras en el manejo de los depósitos.
—¿Cómo nadie se percató de tales maniobras? —pregunto Meadows con las manos entrelazadas atrás de su cabeza, con una semisonrisa.
—Porque la administración es un completo desorden y hay que reestructurarla de pies a cabeza de manera urgente —dijo Ángela mirándolo con sus ojos bien abiertos.
—El área de informática se pone a su disposición —dijo G. de manera muy atildada.
Ángela lo miró. Hoy no llevaba una sudadera negra, sino que vestía un impecable traje color marrón. G. la miraba sonriente y miró a sus otros interlocutores con satisfacción.
—Perfecto —dijo el doctor Meadows sorbiendo su café—,. Supongo que mañana tendré novedades de cómo usted va a poner en orden el desaguisado que encontró.
—Por supuesto, con mis colaboradores estamos en eso, doctor —respondió ella con su mejor tono profesional. Otro día infernal dentro de la oficina, pensó para sus adentros.
Luego encendió el proyector que había conectado a su notebook y mostró el resultado de su investigación al doctor Meadows y a la concurrencia. Todos se fueron con la sensación de que las cosas ahora sí estaban bajo control.
Ángela aliviada salió de la reunión con la sensación de tener una batalla ganada, con paso tranquilo fue hasta su escritorio ahora ya primorosamente decorado, pintado de color salmón, unos almohadones estratégicamente colocados y un escritorio en forma de riñón de lo más chic.
Robert Meiers cortó la llamada con una sonrisa, cerrando con suavidad su celular. La jugada le había salido redonda. Había hecho el amor con su mujercita y había logrado calmar a la vampiresa que le estaba quitando toda su energía en maratónicas sesiones de sexo. Tengo que contratarla como secretaria, así la tengo más a mano y controlada, pensó mientras subía a su Porche 911 hacia la fábrica donde era gerente comercial. En el reproductor de discos compactos sonaba Metallica a todo volumen, como acompañando su espíritu exaltado. Al ritmo vibrante del grupo de rock, manejaba esquivando autos y camiones a una velocidad un poco mayor que la prudente por una calle que se hundía en los suburbios
—Quizás necesite ir al gimnasio —dijo en voz alta mientras se tocaba el abdomen. Si, gimnasio, cambio de ropa y de corte de cabello, pensó El día le parecía exultante. Sonrió y luego soltó una carcajada. Era hora de que tomara lo mejor de la vida, sin dudarlo.
Tocó el bluetooth conectado a su oído para recibir la llamada de la fábrica.
—Llego en unos minutos —dijo aún sonriente—. Sí, me quedé dormido.
—Nos vemos, nos vemos —dijo antes de cortar.
Estacionó en uno de los pocos lugares que quedaban libres y corrió subiendo las escaleras hasta su oficina, se había olvidado completamente que hoy lanzaban un nuevo producto.
En toda la reunión no pudo concentrarse en los asuntos que se debatían, asentía seriamente a las afirmaciones de los expositores pero sólo pensaba en cómo contratar a Erika, la dama que ocupaba todos sus pensamientos. A su mente volvían una y otra vez las imágenes de sus senos, de su coño, de su perfecto trasero.
Y sobre todo no dejaba de recrear las cosas que le hizo con su ansiosa y experta boca. Debía tener cuidado, no quería que se le notara la creciente erección que trataba de disimular así que cruzó las piernas y trató de concentrarse respirando profundo, ¡cómo deseaba que terminaran ya de parlotear para dedicarse a lo que le interesaba!
Salió con la mayor compostura posible del evento. Sabía que se había comportando de una manera extraña, y seguramente debería remontar la mala impresión que había dejado en todos con su aire distraído y por su llegada tarde.
Dejó transcurrir una media hora para disimular sus intenciones, ordenando algunos papeles y haciendo llamadas por teléfono. Luego se fue a la oficina de personal con paso despreocupado, como si llegara por allí ocasionalmente antes de continuar con otros asuntos.
—Buenos días, Edward —saludó con una media sonrisa.
—Hola Robert, ¿que tal está tu mañana? ¿tranquila o agitada? —dijo el jefe de personal sin levantar los ojos del escritorio.
—Comenzó a buen ritmo, sí. Pero ahora creo que ahora tengo las cosas más encauzadas —respondió agitando la cabeza como dando énfasis a sus palabras hizo una pausa— Ehrr.. necesito hablarte de algo, Edward, tengo falta de personal en mi oficina. Tu sabes como ha crecido el trabajo y yo sigo teniendo la misma cantidad de empleados. Eso me está generando algunos problemas, sobre todo con los informes más elaborados hacia la presidencia.
Edward levantó la mirada un momento y lo miró fijamente antes de contestarle. Lo vio allí parado, apoyado en el marco de la puerta de la oficina, apoyado en un pie, como despreocupado.
—Robert —comenzó diciendo aclarando la voz—, ¿no eras tú quien pregonaba hasta hace quince días atrás que debemos arreglarnos con el personal que tenemos? Aún recuerdo claramente la discusión, bastante agria por cierto, que tuvimos al respecto en la reunión frente al presidente, sólo porque yo pedí un maestranza que me ayudara con el trajín de llevar de aquí para allá los papeles —el puño se le había cerrado sobre el bolígrafo y tenía la cara roja, haciendo un firme esfuerzo por controlarse.
—Este caso es distinto, tu seguramente comprendes —habló sonriéndole como para calmar a la fiera que estaba por devorarlo—, no tengo tiempo de estudiar esas nuevas herramientas para crear informes y gráficos y es algo que me pidieron con urgencia, ya sabes como son los jefes.
—Je —rió mientras sonreía socarronamente—, tu tendrás a tu asistente y yo quiero a mi maestranza, asi que tú —dijo señalando a Robert con el índice enervado— hablarás con la presidencia al respecto y me destrabas lo que tú mismo congelaste.
Robert asintió suavemente con la cabeza, como haciendo una reverencia antes de contestar.
—De acuerdo, ahora mismo haré los trámites pertinentes —dijo, luego le hizo la venia y se dio vuelta para irse caminando con las manos en los bolsillos.
—Bastardo —bufó por lo bajo Edward antes de concentrarse en su labor.
Robert caminó hasta la presidencia, pasando antes por su oficina para buscar su saco, arreglarse la corbata y darle un poco de lustre a sus zapatos con un pañuelo. La oficina tenía un acceso vidriado controlado por un perro de presa llamado Lewis, un afroamericano de casi dos metros de alto que oficiaba de guardaespaldas, secretario y seguramente de amante de la vicepresidente. Era vital que no sospechase de la urgencia que lo atenazaba, de otro modo se divertiría con él, dilatando casi hasta la agonía el momento de la deseada entrevista, sólo para demostrar su poder.
—Eh, Lewis —dijo sonriéndole y como al pasar una vez frente a él—, tengo algunos temas pendientes de la reunión de hoy que no me quedaron claros, pregúntale a la señora Breather si puedo hablar con ella la respecto —dicho esto hizo el gesto como de marcharse, guiñando un ojo como restándole importancia a su pedido.
—Señor Meiers —dijo Lewis mientras llamaba a la vicepresidente por el teléfono interno—, seguramente le conviene tratar esos temas ahora antes de que avance la mañana y la agenda quede abigarrada de compromisos.
Robert dio media vuelta y se pasó la mano por el mentón asintiendo, como aceptando el favor de Lewis.
Pasó inmediatamente a la inmensa oficina de la vicepresidente de la compañía. Sharon Breather giró su enorme sillón para enfrentarlo, manos cruzadas bajo la barbilla que no ocultaban su escote. La cincuentona podía dejar sin aliento a más de uno. Su traje de ejecutiva dejaba ver su sujetador rojo cuando se movía, cubriendo perfectos senos, seguramente moldeados por las manos del cirujano plástico más caro del país. Tenía piernas atrozmente largas y sus ojos azules eran fríos como el hielo o deliraban de pasión. Él lo sabía muy bien.
—¿Qué es lo que quieres comentarme, Robert? —preguntó sin siquiera saludarlo.
—Hay un detalle en el lanzamiento del nuevo producto que no termina de convencerme —dijo sentándose con aire preocupado—, creo que la cadena de distribución no está del todo aceitada.
—Déjame recordarte que esa es tu tarea —respondió ella entrecerrando los ojos y mirándolo como un gato a su presa.
—Es que no doy abasto con las nuevas tecnologías, me refiero a aprenderlas y manejarlas. Tú sábes Sharon, el trabajo diario no nos deja capacitar como es debido. Además debo dedicar mi tiempo a administrar como es debido la publicidad, la imagen de nuestra empresa y cosas que son de mi incumbencia directa.
—¿Que sugieres? —preguntó sabiendo de antemano la respuesta.
—Tú sabes que soy enemigo de tomar nuevo personal, pero en este caso creo que redundaría en el mejoramiento de mi departamento —respondió el con tacto, sabiendo que caminaba sobre el hielo quebradizo.
—Recuerdo tu feroz oposición al ordenanza de Edward —dijo ella cruzando las piernas con suavidad, consciente de su poder de mujer. Hasta se atrevió a mostrarle algo más del escote, eso siempre resultaba para distraer a los hombres y que digan la verdad.
—Sí, creo que puse demasiado celo en una tarea que no es mía, que te compete a ti, Sharon.
—Si contratas nuevo personal, no podré decirle que no al pedido de Edward —dijo ella parándose para mirar por la ventana y que de paso viera sus redondas posaderas. Quién sabe, pensaba, quizás quisiera pasar otra noche con él en alguna convención y es bueno mantenerlo entusiasmado.
Pero Robert en esos momentos estaba pensando en otras nalgas, las de Erika, aunque no dejó de mirar a Sharon ni tampoco de recordar cuando se agachó delante suyo bajando con sus manos las diminutas bragas rojas, meneando las caderas y le dijo “Elije”, mirándolo por sobre el hombro, sonriente.
Robert se pasó la mano por la frente como para quitarse esa imagen.
—Por supuesto, Sharon, por supuesto —dijo apenas se pudo reponer.
—Contrata a alguien si lo necesitas —respondió ella y le hizo un ademán con la mano mientras se sentaba nuevamente, dando por terminada la reunión.
Robert salió exultante de la oficina, pero no olvidó de estrecharle la mano a Lewis y agradecerle su trámite.
Almorzó con tranquilidad y ya más calmado se puso a ultimar detalles del lanzamiento nacional del nuevo producto. Encontró algunos inconvenientes tal como él sabía que siempre se presentaban, pero lo solucionó con un par de llamadas. Esta vez quería estar adelante de los acontecimientos.
—Edward, te conseguí a tu ordenanza, ya hablé con Sharon y te dio luz verde —le dijo al pasar en un pasillo al jefe de personal.
—Y tú tienes a tu asistente —le repondió él sabiendo que había algo más que una relación de trabajo con la vicepresidente Sharon y que curiosamente Robert obtenía casi todo lo que le pedía, mientras que a él ella no veía más que problemas en sus iniciativas.
—Y yo tengo a mi asistente. Mañana te paso una lista de posibles candidatos —respondió él yéndose. Se cercioró de que el archivo estuviera desierto y se encerró en él. Luego discó mientras se acomodaba en un escritorio.
—Hola Robert, mi amor.
—Erika, prepara tu currículum y ten listo tus papeles, vas a ser mi asistente.
—¡Eres sensacional! Necesito urgente trabajar para cubrir mis gastos en la Universidad, ya sabes que estoy haciendo la maestría y eso insume mucho dinero.
—Sí, lo se Erika…¿Nos vemos a la salida de la oficina? Ya sabes, así festejamos la noticia —dijo Robert ya un poco sacado de si.
—Claro mi amor, pasa por mi en la cafetería, ¿no vas a tener problemas con tu mujercita?
—Está con graves problemas en su nuevo trabajo, seguro llegará a casa muy tarde y cansada.
—¡Que alegría! Voy a estrenar algo para ti.. —dijo Erika con la voz más melosa posible.
—No veo la hora de verte, nena. Ahora debo cortar —dijo él tocándose su dolorosa erección—, nos vemos esta noche
—Nos vemos, mi amor —dijo ella y oyó el clic, un poco decepcionada tiró su celular sobre la mesa y siguió atendiendo los pedidos de los clientes.
Él había cortado abruptamente porque había oído unos pasos en el pasillo. Apagó la luz y se escondió detrás de unos estantes llenos de papeles, no quería hacer el ridículo explicando qué hacia allí, esperaría a que se fueran con los malditos documentos que seguramente venían a buscar, luego se iría.
La luz se encendió y entró Lewis quien miró en rededor y luego hizo una seña. Enseguida entró Sharon. Cerraron la puerta y ella se sentó en la mesa levantándose la falda, con las piernas abiertas, apoyándolas sobre los hombros de Lewis quien se sentó en una silla entre ellas. Le arrancó las bragas con un pequeño tirón y luego olió el coño de la vicepresidente, perfectamente depilado. Luego le paso la punta de la lengua. De donde estaba Robert podía ver con claridad la cara de Sharon y su coño mojado cuando Lewis se detenía a mirarla. Ella cerró los ojos y se apoyó con las manos para simplemente gozar. Él comenzó una lamida lenta y continuada mientras Sharon emitía grititos y gemidos. Ella le tomaba la cabeza y la apretaba entre sus piernas.
—Mete la lengua bien adentro —gemía ella
El olor al sexo de Sharon inundó el archivo y ella tuvo un espasmo de placer. Sharon tomó a Lewis de la cabeza y lo levantó de ella hasta darle un largo beso mientras le bajaba el pantalón y le sacaba la polla que sin más trámite se la metió en su coño.
Robert podía ver el musculoso trasero de Lewis moviéndose mientras Sharon lo besaba y luego le decía cosas en voz baja al oído, seguramente las obscenidades que tanto le agradaban. La vicepresidente lo separó de sí a su moreno asistente y se dio vuelta. Luego apoyó su cuerpo boca abajo en la mesa y se abrió las nalgas.
—Sí, por allí atrás —dijo ella con la voz entrecortada.
Lewis no se hizo rogar y sodomizó a su jefa sin más trámite. Cuando la gran polla del asistente entró en el lindo culo de Sharon, ella gritó sin contenerse más.
—¡Mas fuerte, maricón! —gritó mirándolo lasciva.
Lewis arremetió sin dudar y ella se sacudía sobre la mesa a cada embate de él.
—¡Más, más! —gemía ronca ella.
Lewis estuvo así un largo rato hasta que Robert vio que temblaba bajo el efecto de un fuerte orgasmo.
—Dame toda la leche, ¡toda! —gritó ella sin medirse.
Lewis se sacudió y ella se apretó más contra él.
—Lewis, me gusta mucho tu polla —dijo ella mientras se iba calmando—. Ni se te ocurra salir, que lo haga sola, ¿lo oyes?
—Sí, Sharon —respondió él agitado.
Cuando por fin se separaron, ella le limpió la verga con un pañuelo de papel y también el licor que rezumaba de su interior corriendo por sus muslos.
—¿Te gusta tirarte a tu jefa? —le preguntó ella teníendolo de los testículos.
—Es la parte favorita de mis obligaciones —respondió él con una gran sonrisa.
—Debemos irnos, nos esperan —dijo ella tomando sus bragas y metiéndola en un bolsillo.
—Sí, Sharon —dijo Lewis mientras terminaba de vestirse.
“¿Seguirá cachonda conmigo y por eso se lo tiró a Lewis?”, se preguntó Robert
Apenas se fueron Robert salió sin ser notado. Ese sí que era un dia memorable.
La vicepresidente llegó a su oficina luego de dar un largo rodeo, no sin antes de pasar por el sanitario y arreglarse el maquillaje. Luego entró por la puerta privada de su despacho y abrió la puerta para asegurarse de que Lewis esté en su puesto como si nada hubiera pasado. Cuando se sentó, el leve dolor en su trasero le hizo mojarse una vez más, recordando el miembro grande y duro de su secretario.
“Debo controlar estos impulsos, no puede ser que el hijo de puta de Robert me movilice de esta manera”, pensó Sharon y cruzó las piernas para calmar el cosquilleo que sentía una vez más entre ellas.

Si me encanta
Muchas gracias Veronica